La derrota electoral en Venezuela obliga a pensar

Por Olmedo Beluche

La contundente derrota electoral de las fuerzas populares, de izquierda y chavistas, en las elecciones parlamentarias del pasado 6 de diciembre de 2015, en la República Bolivariana de Venezuela, obliga a todos los revolucionarios y antiimperialistas, no sólo de ese país, sino de Latinoamérica y el mundo, a efectuar un balance profundo y honesto. Los resultados de ese balance, de ser correctos ayudarán a una superación rápida de la coyuntura negativa, de ser erróneos sólo seguirán profundizando el retroceso. 

Lo primero es aceptar la derrota

 Un balance honesto empieza por la aceptación del resultado sin buscarle subterfugios ni falsos atenuantes. El pueblo venezolano, el que en tantas ocasiones ratificó electoralmente a Hugo Chávez y al proceso bolivariano, hoy votó en contra de los actuales dirigentes de ese proyecto político. No hay otra interpretación posible, menos la de endilgarle epítetos al pueblo o escurrir el bulto alegando que la derecha hizo aquello que se sabe que va a hacer según la lógica política. Aceptar el resultado y preguntarse qué se hizo mal, por qué nos equivocamos, es lo que hay que hacer.

 Aceptar la derrota electoral implica aceptar que es una derrota para el conjunto de las fuerzas progresistas, populares, socialistas y antiimperialistas de este continente y del mundo. Esa derrota es principalmente de los dirigentes del PSUV, pero también lo es del resto de la izquierda venezolana y latinoamericana. Es una derrota para todos nosotros, para los que apoyamos el proceso bolivariano, pero también para los sectarios que nunca comprendieron la importancia revolucionaria del proceso encabezado por Hugo Chávez.

 La derrota en las elecciones parlamentarias venezolanas, combinada con el triunfo de la derecha más neoliberal en Argentina, ocurrida poco antes, con el agravante del juicio político contra la presidenta de Brasil, Dilma Rouseff, y la contraofensiva mediática derechista contra Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia, amenaza con destruir los avances institucionales alcanzados bajo el liderazgo de Hugo Chávez en materia de independencia política del continente respecto a la tutela del imperialismo norteamericano.

 La posibilidad real de que se vacíen de contenido instituciones, como UNASUR, MERCOSUR, CELAC, ALBA, PETROCARIBE, etc., que significaron un avance en la lucha por la independencia nacional, representaría un retroceso hacia la recolonización política y económica del continente por parte de Estados Unidos. Eso sería otra derrota mayúscula, no importa que los sectarios aleguen que igual eran entidades capitalistas.

La lucha sigue, pero cuidado con las decisiones inmediatas

Es dudoso que la respuesta más correcta al resultado electoral venezolano deba ser una fuga hacia adelante, es decir, pretender que ahora se tomarán las medidas radicales que debieron tomarse antes y que se enfrentará las decisiones que la derecha tome desde el Congreso con bloqueos desde el Ejecutivo. Eso puede resultar contraproducente, y el supuesto remedio puede empeorar la enfermedad. Porque puede ser interpretado, y así la derecha lo presentará, como una negativa a aceptar el resultado electoral del 6D, quedando como “malos perdedores”.

 En política es importante la credibilidad y la legitimidad. Ninguna formación política puede apelar a imponer una decisión, por más revolucionaria que sea, si no cuenta para ello con credibilidad y el apoyo popular. El niño al que se le obliga a tragar la amarga medicina, lo único que aprende es a odiar la cuchara.

 Si esto fuera Europa, sus instituciones y cultura política, un resultado electoral tan adverso obligaría a cualquier jefe de gobierno a renunciar, poner el cargo a disposición, convocar nuevas elecciones y reconstruir la credibilidad y la legitimidad desde la oposición. Seguro que esta idea molestará a algunos que creerán que sería una rendición y entrega de la plaza, pero la pregunta es si la plaza ya no se perdió.

Entre los tantos balances que han aparecido esta semana, alguien dijo acertadamente, que ahora la burguesía venezolana, con el poder que le da el control del Congreso, va terminar de “cocinar a fuego lento” a Maduro, anulando su actuación y quitándole el prestigio que le pueda quedar, tratando de reducir al polvo lo que queda del chavismo, para que no pueda retornar al gobierno al menos en otros 20 años. La mejor manera que la derecha neoliberal se “queme”, como decimos en Panamá, es que gobierne. Habría que pensarlo.

 ¿Por qué perdió el chavismo las elecciones? That is the question

 La pregunta de fondo es: ¿qué se hizo mal, en qué se falló? ¿Cómo en menos de dos años se liquidó el legado político de Chávez? Que la derecha manipuló, mintió, que la campaña mediática, que hubo “guerra económica”, sí, es lo que cabía esperar, ¿pero cuáles fueron las circunstancias, las decisiones y omisiones que permitieron a la derecha fortalecerse? Arriesgamos algunas hipótesis que ponemos sobre la mesa de la discusión:

  1. La movilización popular revolucionaria contra los gobiernos oligárquicos que aplicaban las políticas neoliberales que nos empobrecieron, en los años 80 y 90, fue la que creo las condiciones para que apareciera el fenómeno que se ha llamado de los “gobiernos progresistas o populistas”. La habilidad y originalidad política de Hugo Chávez fue posible por el Caracazo de 1989 y las movilizaciones a los largo de la década siguiente; la aparición de Evo Morales de simple sindicalista a líder lo fue gracias a la Guerra del Agua y tantas cruentas luchas del pueblo boliviano; la aparición de Correa en el escenario ecuatoriano es la consecuencia de infinidad de movilizaciones y crisis gubernamentales en ese país; inclusive, los Kirschner emergieron de las movilizaciones y saqueos contra el “corralito” en el año 2000.

Si la movilización popular se apaga, si las masas pierden la iniciativa y la ofensiva política, se pierde la capacidad de confrontación a la derecha y su proyecto de sumisión al imperialismo y al neoliberalismo. La movilización popular revolucionaria, no puede ser sustituida, como ha estado pasando, por simple movilización clientelista y electorera, a la manera de los partidos burgueses. Cuando los gobiernos “progresistas” neutralizan la movilización espontánea e independiente, para transformarla en simple respaldo a actos de gobierno, se amputan a sí mismo las piernas que les erigieron.

  1. Los gobiernos “progresistas” han desperdiciado tiempo y energías populares, sin cambiar realmente el modelo económico de la dependencia hacia el capital extranjero, de control de la banca sobre la economía nacional y la monoproducción exportadora. Por ende, han mantenido vivo y nutriéndose el cuerpo de los capitalistas que financian a los partidos de derecha que ahora amenazan con sacarles del poder.

Venezuela fue la que más avanzó con las nacionalizaciones de la industria, pero sin un intento serio de romper la dependencia de la renta petrolera, diversificar la producción, ni mucho menos atacar el control financiero de los bancos sobre la economía y de los comerciantes sobre las importaciones.

El resultado de  esa inconsecuencia, ayuda en gran medida por la corrupción en las filas del proceso evidentemente, ha sido: (a) la “guerra económica”; (b) la fuga de capitales a países como Panamá, donde la burguesía venezolana invirtió unos 500 millones de dólares en los últimos 5 años (fuentes creíbles sostienen que en este país hay hasta 6000 millones de dólares fugados de allá) mientras el pueblo venezolano carecía de productos básicos, (c) la especulación con el dólar y (d) el acaparamiento a los productos de primera necesidad.

Con las divisas que el gobierno venezolano les daba a sus empresarios, venían los vuelos llenos a Panamá a “raspar” la tarjeta, sacar los dólares, y volverse para  allá a venderlos a 10 veces su valor oficial en el mercado negro. ¿Quién no sabía eso?

Cuando Lenin, a inicios de los años 20, decidió realizar lo que llamó la Nueva Política Económica (NEP), para permitir una economía capitalista limitada en la URSS,  se aseguró de mantener un conjunto mínimo de medidas que eran las que le daban la connotación socialista a su gobierno: control político de la clase trabajadora a través de los soviets; nacionalización de la banca y la gran industria; monopolio del comercio exterior; y planificación. En Venezuela aún no se tomó ninguna. Mucho menos en el resto de países de la región.

  1. La política social de los gobiernos progresistas no ha pasado de medidas neokeynesianas de asistencialismo social, no son verdadero socialismo. Las misiones de Venezuela, o el plan “fome cero” de Lula en Brasil, y todas las demás, no son más que otra manera de llamarle a lo que el Banco Mundial denomina “transferencias”, y que aplican gobiernos de derecha para atenuar el descontento social.

Ese tipo de política social no es socialismo. Socialismo es movilización popular revolucionaria, organismos de masas de tipo asambleario tomando la iniciativa política, junto con el control obrero de la economía y la industria. Socialismo no es la estatización cien por cien de la economía, como pretendía Stalin, sino una relación social en que la clase trabajadora tiene realmente en su mano el control de la banca y la industria.

Para colmo, el financiamiento de ese modelo de política social dependió por una década de los buenos precios internacionales de las materias primas en el mercado mundial capitalista. Una vez que la economía china entra en decadencia y disminuye su demanda, empieza la caída en picada los precios de las materias primas, y por ende entra en crisis la fuente de financiamiento de la política social. Con la crisis capitalista avanzando se acrecienta la disputa por la renta (petrolera o minera o de agroproductos) entre la clase capitalista que quiere su tajada y los sectores populares que intentan defender su pedacito. Es la lucha de clases, como siempre.

  1. En todo esto hay una discusión histórica, pues no es la primera vez que Latinoamérica pasa por una fase de gobiernos “nacionalistas” o “populistas”. Los regímenes de Lázaro Cárdenas, Getulio Vargas, Juan D. Perón, Morales Bermúdez y Omar Torrijos (en la fase 1972-77) tuvieron políticas para la construcción de un estado nacional semi independiente basado en el mercado interior y un capitalismo con ciertos equilibrios sociales. Su existencia momentánea y posterior fracaso, junto a la experiencia de este inicio de siglo XXI, es lo que lleva a alguno a hablar de “ciclos” que acaban y renacen.

El problema es que en América Latina, la realidad político social está atravesada por dos niveles de contradicciones: la contradicción imperialismo – estado nacional; y la contradicción burguesía – clase trabajadora.

El populismo oportunista sólo se ocupa de la primera contradicción idealizando a la “burguesía nacional” como supuesta aliada de los trabajadores; el sectarismo de ultraizquierda, sólo se ocupa de la segunda contradicción, sacándole importancia a la primera contradicción que es la que los pueblos aprecian con mayor claridad.

Lenin y Trotsky, a partir de la experiencia de la Revolución Rusa, señalaron que la burguesía nacional ha dejado de ser revolucionaria y por ello es inconsecuentemente con su proyecto histórico en los países dependientes, por lo que es la clase trabajadora la que debe dirigir la revolución democrática combinando tareas “nacionalistas” y democráticas con tareas socialistas. Fácil decirlo, difícil hacerlo.

Lo complejo es encontrar una política revolucionaria que, con mucha dialéctica, resuelva las dos contradicciones.  Generalmente, los sectores más lúcidos de la burguesía nacional, o de las capas medias (como algunos partidos y militares “progresistas”) lideran a las masas en importantes procesos de confrontación al imperialismo, pero hasta cierto límite, porque una política consecuentemente antiimperialista, tiene que ser por fuerza anticapitalista, socialista. Allí ha estado una de las debilidades de los actuales gobiernos “progresistas”.

Continuemos el debate franco y abierto entre miles de activistas sociales y antiimperialistas del continente, porque solo de la reflexión democrática podrán extraerse las lecciones necesarias para enfrentar las luchas que se avecinan, en las que podremos transformar la actual momentánea derrota en certero triunfo futuro. Porque, no es un consuelo, sino una verdad para la acción: la lucha continúa, mientras exista la explotación de clases y la opresión nacional.

Panamá, 12 de diciembre de 2015.

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